
“Lo único que queremos es vivir en paz”: la voz de una madre tras el brutal robo a su hijo en Gaboto
Puerto Gaboto todavía no sale de la conmoción. Días atrás, en plena tarde, un violento robo a mano armada irrumpió la calma del pueblo.
Puerto Gaboto todavía no sale de la conmoción. Días atrás, en plena tarde, un violento robo a mano armada irrumpió la calma del pueblo. Tres delincuentes ingresaron al local de venta de celulares ubicado en calle Novaro al 800 y desataron una brutal secuencia que terminó con el joven comerciante herido, su familia en estado de shock, y una comunidad entera reclamando seguridad.
La madre del comerciante, Patricia Susana Plaza, relató con crudeza y angustia lo ocurrido en una entrevista con VANGUARDIA. Estaba presente cuando todo sucedió. Sentada al lado de su hijo Facundo, fue testigo directa del ataque.
“En dos segundos sacó un arma y le dijo: no me interesa el cable, quiero la guita”, recordó sobre el momento en que uno de los asaltantes cambió de rol y se volvió una amenaza letal. “Mi hijo reaccionó, se defendió, y yo lo único que atiné a hacer fue tratar de protegerlo”, agregó.
El relato es escalofriante: tras el ingreso del primer delincuente, se sumaron otros dos. Facundo fue golpeado con un objeto contundente en la cabeza. “Le dieron un culatazo y le rompieron la cabeza. Gracias a Dios que no pasó otra cosa”, expresó Patricia con un nudo en la garganta.
La alarma del local fue activada por el padre del joven desde una habitación contigua. Los ladrones escaparon corriendo con dos teléfonos. “Vinieron por la plata”, aseguró ella, convencida de que el robo no fue al azar. “Esto no fue casualidad. Estaban merodeando, observando, monitoreando todo”.
La entrevista fue mucho más que un testimonio. Fue un llamado urgente, una denuncia con nombre y apellido contra el abandono por parte del estado provincial. “Gaboto no es el mismo de hace cinco o diez años. Se agrandó, pero los servicios siguen igual. No puede haber sólo dos policías”, dijo indignada.
También apuntó a la falta de médicos de guardia, la ausencia de móviles policiales y las condiciones precarias de la comisaría local. “Esa noche lo llevaron a curar a Maciel porque acá no hay médico. Es todo parte de lo mismo”.
“Yo no puedo echarle la culpa a los policías, porque hacen lo que pueden. Pero esto es una decisión política”, manifestó, con un tono que combinaba resignación y furia. “Gastamos plata en papelitos para las elecciones y no en nafta para los móviles. No en sueldos para médicos ni policías”.
Patricia también habló desde su rol de docente: “Terminás siendo un mendigo en las instituciones. Pedís lo que debería estar garantizado”.
Sobre el estado de salud de su hijo, contó: “Está con puntos en la cabeza, físicamente bien, pero con mucha bronca e impotencia. Él trabaja desde chico, se hizo solo, lavava autos desde que era un nene. Y que te vengan a joder así…”.
“Tenemos que ayudarnos entre vecinos, estar atentos, poner cámaras, cuidar a los que vienen a trabajar y a vivir en paz”.
Pero también dejó un mensaje de advertencia: “No podemos dejar que venga cualquiera sin saber quién es. Tiene que haber un control en el ingreso al pueblo. No es cerrar las puertas, es cuidarnos todos”.
La voz de Patricia no fue solo el eco de una madre dolida. Fue el grito de una comunidad que, aunque herida, se resiste a rendirse. “Yo no jodo a nadie. Que no me jodan a mí. Lo único que queremos es vivir en paz.